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Cambio luego existo

Sin decisiones, juraba mi abuela, no hay destino. Y para abonar su hipótesis me llenaba la cabeza con una larga lista de hombres y mujeres providenciales que labraron su destino, a veces el del mundo entero, tomando decisiones a cada paso. Creo que dentro de su galería de notables incluyó a Jesús, a Einstein, a Colón, Juana de Arco, Sarmiento, Lenin, Gandhi y unos cuantos más. Sus héroes eran tantos y tan variados que hoy me resulta difícil recordar a todos. Además yo era muy chico; mi pie se perdía en esas huellas gigantes. Y las únicas decisiones que tomaba tenían que ver con necesidades más bien elementales. Debo aclarar de entrada que mi desidia no tiene nombre. Tomo vino si me ofrecen vino, veo caer la lluvia cuando llueve, hago el amor si los dioses son propicios. Agradezco al mundo lo que me da. Y a veces ni eso.
Podría pensarse por lo tanto que soy un blanco fácil, un conformista, un sujeto sin ambiciones. Pero no es así. Esto es sólo una etapa, una fase, el lado oscuro de una luna que muy pronto va a brillar en todo su esplendor. Mañana o pasado mi existencia va a dar un vuelco extraordinario. A muchos ya les ha pasado; lo dicen todo el tiempo las revistas. Hojeando una de ellas me entero de que una mujer cambió de vida cuando después de divorciarse del marido vendió el colchón de su antigua cama matrimonial. Los colchones guardan la memoria del amor, o de algo que se le parece, en forma de manchas. Inevitablemente las circunstancias en que surgieron se borran. Pero el tatuaje, un sello más en el vencido pasaporte, queda grabado para siempre.

No recuerdo bien qué me pasó a mí cuando me separé. Sufrí, eso lo puedo asegurar. Pregunté por la magia, como aquel camionero de Bagdad Café, pero la magia se había ido. Entonces me propuse cambiar, probar fuerzas, empezar de nuevo. Pero no vendí el colchón ni modifiqué mayormente mis costumbres. Seguí leyendo el diario a la mañana, tomé vino cuando me lo ofrecieron y no perdí la costumbre de mirar la lluvia por la ventana. Tampoco me dediqué, como se dice, a rehacer mi vida. Y no sólo porque la idea en sí ya me parece absurda. Simplemente pienso que ninguna vida se deshace de ese modo. Creo que los antiguos griegos definían la crisis como una situación de peligro pero también como una oportunidad. Yo podría haberme quedado en donde estaba. Pero seguí adelante. Y lo hice como quien se interna en un bosque para ver si es cierto que existen los duendes.

Mientras tanto me divertía con las nuevas cosas que me iban pasando. Un día, luego de muchas vacilaciones, resolví hablar de frente con mis hijos, que para entonces tendrían cuatro y cinco años, e informarles oficialmente que mamá y papá se habían separado. A los chicos hay que decirles la verdad. Y yo no me quería quedar atrás de la tendencia moderna en ese rubro. Lo cierto es que después de escuchar mi discurso de padre adulto y responsable mi hija Carolina mostró de pronto un perfil oportunista. "Ya que todos se pelean yo también quiero separarme de mi hermano —anunció señalando a mi hijo que caminaba allá adelante—. Me pega todo el día y ya no lo puedo soportar".

Algunos meses después conocí a Polito, un tipo de esos que no pasan por la vida sin dejar huellas. Podría incluso decir que fue a partir de encontrarlo que mis días empezaron a tomar otro color. Descubrí la noche, los bares llenos de humo y de mujeres, el rock salvaje, la delicia de hablar en una fiesta con desconocidos, el placer de la amistad. Quizás no sea necesario aclarar que hasta entonces yo había estado metido, como suele decirse, abajo de una baldosa. Había convivido con mi primera mujer en los peores años de la dictadura, y en ese ambiente enrarecido mis contactos con el mundo se redujeron al mínimo. No pretendo justificarme. Sé perfectamente que mi tendencia al aislamiento viene de más lejos. Pero si a ese dato le sumamos el miedo constante a desaparecer como uno más en el embudo, la sensación de vivir cada día como el último, bueno, ya se pueden entender algunas cosas. Lo cierto es que Polo llegó, sacudió el polvo de mi vida encapsulada, y me enseñó a respirar un aire nuevo.

Lo que pasó después es otro tema. Un día discutimos por una mujer (casi llegamos a las piñas) y desde entonces nos vimos cada vez menos. El se casó, tuvo una hija llamada Milena y se dedicó a hacer programas de televisión. Estaba harto de escribir siempre las mismas notas en los mismos diarios y revistas donde habíamos trabajado juntos. También él había cambiado. Hasta ganó dos Martín Fierro por El visitante y El otro lado, sus originales y sensibles creaciones. Recuerdo que recibió las estatuillas de manos de una chica que había trabajado con él en la revista Radiolandia 2000. Ella se había quedado ahí por miedo a no encontrar otro laburo. Polito se había ido. "¿Podés creer que justamente ella me entregó los premios?", me contó después en su nueva casa del barrio de Saavedra. "Estaba llorando cuando me los dio". Esa noche hablamos poco. Lo vi raro, un poco triste.
Fue la última vez. Un día me llamó Javier, un amigo en común, para contarme que Polo se había matado arrojándose a las vías del tren. Qué pena. No sé si llegó a saber la importancia que tuvo para mí haberlo conocido. Ni mejor ni peor, después del vendaval Polito no volví a ser el mismo. Dejé atrás la etapa de ermitaño y pude encarar la vida con una actitud más abierta. Diría incluso que algún pesado mueble, tal vez aquel que tapaba la única ventana que permanecía abierta en mi cabeza, se había movido por fin adentro mío.
Mi viejo tenía una mueblería en Belgrano que se llamaba La montaña. Uno de mis primeros trabajos de adolescencia, ahora que lo pienso, consistió justamente en cargar pesados muebles en camiones y llevarlos a la casa de los clientes. Con frecuencia debía subir varios pisos por escaleras estrechas, con la espalda encorvada, teniendo que llegar a veces al departamento más alto. Allí —estación final de la rayuela— depositaba la carga en el suelo y aprovechaba para mirar la ciudad desde la altura. Entrar en esos departamentos ajenos me producía un goce extraño. Escuchar otras voces, espiar los dormitorios, los baños de los otros, las probables vidas de los eternos desconocidos; imaginar en los demás, sobre todo, su más cruda intimidad. Tal vez fue así, por esa curiosidad malsana, que después me hice periodista. Y fue entrando en otras casas, también, que empecé a considerar seriamente la necesidad de tener la mía cuanto antes. ¿Para cambiar hay que mudarse? Creo que a veces no queda otra posibilidad. Pero en esa idea también hay una trampa. Y es la ilusión de que una nueva escenografía modifica la letra de una obra. Nunca pensé que mi vida cambiaría por el hecho de mudar de pareja, de profesión o de país. Pero también es cierto que a la larga algunos de esos movimientos me ayudaron a cambiar en un plano más profundo.

Recuerdo bastante bien el día en que me fui a vivir solo por primera vez. Tenía veinte años, venía de Vicente López, y me había mudado a un departamento de medio ambiente situado en la esquina de Gascón y Cabrera. Mi casa de infancia —el jardín, el útero, el cielo protector— había quedado definitivamente atrás. Ahora, a metros del sanatorio Güemes y bajo un cielo de yeso, vivía rodeado por un ruido infernal. Pero era libre al fin. O al menos eso creía. Mi papá había muerto. La montaña ya no estaba. Mi madre había resuelto vender la casa de Olivos, la mueblería que nos mantenía a todos y también el piano Steinway que estaba en mi pieza y que nunca aprendimos a tocar como se debe. Dividimos la plata del piano en dos partes: ella se compró un lavarropas y yo un equipo de música. Fue, una vez finalizada la mudanza, lo primero que instalé en mi nuevo hogar. Puse un disco y miré a mi alrededor: nada estaba en su sitio. El orden había cedido al caos y eso me gustaba peligrosamente ¿Es que acaso existe un lugar fijo, predestinado, para las personas y las cosas? Escuché al respecto una teoría sugestiva , aunque de dudoso valor científico, según la cual los objetos que perdemos en casa van a parar en realidad a otra dimensión. Si nunca más volvemos a encontrar la tijera, por ejemplo, eso significa que cayó en otro espacio y otro tiempo, posiblemente anterior. Pero también pudo haber caído hacia el futuro, y, de ser así, volveríamos a encontrarla, digamos, dentro de tres o cuatro meses. Ahora yo sentía, en todo caso, que mi lugar anterior se había perdido definitivamente. Y que acababa de entrar, como por un tubo, en una dimensión distinta. Había cajas, discos, papeles, fotos y libros hasta en la bañadera. Me tiré en la cama como un pequeño dios y me puse a mirar el techo. Creo haber dicho ya que mi apatía roza a veces la enfermedad.

Vivir solo. Qué placer. Casi no lo podía creer. Ser rey por fin de un territorio; marcarlo, como hacen los perros, con mi orina, con mi olor. Andar desnudo por la casa; comer sobre una mesa sin mantel y directamente de la olla viendo cualquier pavada por televisión; escuchar mis discos a cualquier hora y a todo volumen; llorar incluso sin testigos. O sentarme a leer en el piso. Tocar la guitarra, de tanto en tanto invitar chicas a cenar, dejar después que el colchón se ensuciara libremente. Ahora me estaba permitido sellar cuando quisiera el flamante pasaporte. Dormir con la ventana abierta. Respirar. Creo que nunca más volví a sentir esa sensación. Pero —no todas son rosas en el divino jardín— la soledad al mismo tiempo me ahogaba. Así que un día fui a la playa, conocí a una mujer y a los tres meses me casé con ella sin noviazgo de por medio. "Tomaste una decisión", se alegraría mi abuela. Y tendría razón. La pareja me dio otra medida de las cosas. Ahora ya no comía directamente de la olla. Tenía responsabilidades, suegros, límites, exigencias propias de la vida en común. Mi ser salvaje tuvo que adaptarse a un marco. Y no me fue del todo mal. Pasé buenos momentos y tuve dos hijos hermosos. Pero todo eso no alcanzó para que el barco siguiera a flote. Después, tras el divorcio, lo que alguna vez fue nuevo se volvió costumbre. Desde entonces me mudé tantas veces que el tema ya ha perdido toda relevancia para mí. Diría incluso que si bien cambié de lugar, y hasta de compañía, mi piel no mudó tan fácilmente como la de ciertos animales. Pero, eso sí, no quedó intacta. Mi alma empezó lentamente a llenarse de tatuajes, de voces, de paisajes. Había algo, sin embargo, que me impedía tomar el cielo con las manos. Un amigo de entonces me comparó con un pájaro capaz de volar a gran altura. Pero ese pájaro, decía él, permanece atado a una roca con un hilo invisible. Es evidente que para cambiar en serio tenía que romper esa cadena.

En ese afán seguí yendo y viniendo. Y me dediqué a dar unas vueltas, al menos, por los estrechos pasillos de mi acuario. No hablo de grandes desplazamientos; apenas de pequeños pasos en la oscuridad. En realidad no creo que sea necesario mucho más. Basta concebir, para entenderlo, la fábula de un hombre cansado de sí mismo que un día abandona el nido para viajar al desierto. Allí, después de cruzar mares, selvas y montañas, vuelve a encontrar su ajado rostro en el espejo. Se podría pensar, también, en la secreta frustración que arrastra cada uno a lo largo de los años. Con frecuencia hay un abismo entre lo que queremos ser y lo que somos. Hablamos de cambio hasta por los codos y hasta soñamos despiertos con ser otros. Pero llegado el momento bajamos la cabeza y elegimos eso que llaman seguridad, vida estable, un perfecto disfraz o adelanto organizado de la muerte. Hace años trabajé en un diario, no importa cuál; recuerdo que muchos de mis colegas se preguntaban si habría vida más allá de ese diario y de su indiscutible solidez empresarial. Casi todos los días intentaban imaginar si acaso era posible probar otra cosa, una forma distinta de escribir, de editar las notas, de sacar fotos, de diseñar una página, otra manera incluso de ser y de vivir. No me considero un héroe por haberme ido. Y los que se quedaron, en el fondo, deben estar más aliviados. Todos los presos necesitan un prófugo para seguir viviendo.

¿Para cambiar de vida hay que escapar? Tengo una amiga del alma (su nombre es Laura) que se animó. Ella dejó la ciudad, un trabajo seguro y hasta su familia para irse a vivir a una isla del delta. De pronto se dio cuenta que la vida en Buenos Aires ya no le daba placer. Así no podía seguir. Y apenas surgió una oportunidad se mandó a mudar. Cambió sus zapatos de taco y sus medias negras por botas Pampero y vestidos de aldeana. Ahora viaja a la ciudad de tanto en tanto, al sólo efecto de ganarse la vida con sus clases de inglés y sus traducciones. Pero Laura paga un precio alto y cotidiano por el atrevimiento. Su familia y algunos de sus amigos piensan que está loca. No la aceptan en su nuevo lugar. Suponen que existe una única manera de vivir y que es justamente la que ellos eligieron. Está muy bien que los isleños vivan en las islas. Está muy mal, en cambio, desafiar el orden y desechar el espacio que naturalmente nos corresponde en este mundo. Laura se ríe piadosamente de sus críticos y habita como puede su breve paraíso, donde mientras teje o pela mimbre escucha discos de Mozart, Beethoven y Silvio Rodríguez.

Ya sé que me van a acusar de ingenuo. Lo que acabo de escribir suena demasiado a mundo ideal. Cualquiera sabe que la vida se parece poco a la familia Ingalls. Y la de Laura no es una excepción. Todavía hoy mi amiga es una flor rara entre los isleños. Le costó casi tres años ser aceptada entre ellos como una más. Tampoco le resulta fácil trabajar con éxito en su nuevo ámbito, más aún si se tiene en cuenta que no fue preparada para eso. Y además está el agua, una hermana con frecuencia caprichosa e invasora. El mes pasado una creciente se llevó de su casa una pila de leña recién cortada, un trabajo equivalente a casi dos semanas de jornales pagados. El río le deparó ya otros disgustos. Un día puso en peligro a casi todas las plantas de su huerta. Ella debió pasar casi cuatro horas con el agua hasta la cintura embarcando macetas en un bote. Y así pudo salvarlas. Situaciones como esa, sin embargo, se pueden controlar. A diferencia de lo que pasa en la ciudad, las casas del delta están pensadas justamente para sobrevivir a la creciente. Laura me cuenta que cuando era chica vivía cerca del arroyo Sarandí, antes de que lo entubaran. El agua entró varias veces a su cuarto, y aún a la cocina, y eso sí que fue una pesadilla. Ahora el río entra a la isla pero no a la casa. Puede a veces incluso inundar su ánimo, ahogar su entusiasmo por un rato, entrometerse en sus planes sin pedir permiso. En esos casos ella se tira a leer o a dormir hasta que le vuelvan las ganas de enfrentar el mundo.

Debería decir, también, que conocí a Laura cuando ella todavía trabajaba como secretaria ejecutiva en una lujosa oficina del centro. Me cuesta verla ahora en su nuevo rol. A veces pienso que en la isla está muy sola y se lo digo. Sin mucha convicción le sugiero que el tiempo de los héroes ya pasó. Pero ella, con su irónica sonrisa, me dice que estoy equivocado, que no está sola, que la acompañan Teuco —su querido perro— además de las plantas, los gatos y los pájaros. Paso a leer el fragmento de uno de los últimos mails que me envió. "No sabés la incondicionalidad que tienen por mi los animales. Es un amor sin medida. No importa que esté desnuda o disfrazada de coliflor, o que esté sentada en el inodoro o tirada en el suelo. Para Teuco sigo siendo yo, aunque huela mal, aunque luzca horrible, aunque haga cualquiera de esas cosas que nos descalifican ante los otros humanos. Yo siento esa diferencia como un lazo muy concreto que ahora me distancia de mis compañeros de especie y me iguala, tal vez en mi condición animal, a esos otros compañeros de ruta que elegí y cuyo amor cultivo con la mayor dedicación".

No hay lugar
No sé si tengo el grado suficiente de valentía o de locura para seguir un camino parecido al de Laura. Escribí la palabra locura. ¿Están locos los que se mueven, los que cantan, los que gritan y los que bailan? ¿Son normales todos los demás? Yo no sé muy bien a qué grupo pertenezco. Tampoco creo que podamos separar a las personas de manera tan tajante. Pero de lo que sí estoy seguro es que un cambio, aún el más insignificante, se alimenta de infinitos actos y descubrimientos personales. No puede nacer apenas de la insatisfacción o de la angustia. Y mucho menos de un plan preconcebido. Lo esencial, como decía el Principito, suele ser poco visible desde afuera. Una revolución interior puede transcurrir para los otros sin mayores incidentes. Por el contrario uno puede pasarse la vida haciendo zapping con la gente, con el amor, con las ideas y los lugares, y aún así seguir clavado en el mismo punto.
Sé de lo qué hablo. Conozco a muchas personas que viajan por el mundo sin llegar jamás a ningún sitio. Eso no quiere decir que la pasen mal. Es más, casi todos los turistas vuelven encantados de sus fascinantes recorridas. Admito que un cambio de lugar, una movida de esas que ponen todo patas para arriba, puede replantear la vida del mejor plantado. Pero eso, no nos engañemos, ocurre sólo en contadas ocasiones. Escuché la historia de una joven de la antigua China que había resuelto emprender un largo viaje; se había propuesto romper con la monotonía de sus días. Comunicó la decisión a su maestro, hombre sabio y prudente como todos los chinos, el cuál reaccionó con acritud. ¿Cómo puedes salir de viaje si los tres reinos del país aún no se han unido?, le preguntó con visible enojo. La joven de la antigua China era una chica de barrio; no tenía muchas pretensiones. Consideraba incluso, y con razón, que la unión de aquellos reinos estaba completamente fuera de su alcance. Cuando así se lo hizo saber a su maestro, éste severamente le replicó: la unión de esos tres reinos es en efecto un objetivo remoto. Pero más remota que un objetivo remoto es la carencia de objetivo. Tu viaje no tiene objetivo.
Además del sabio maestro chino, otro de los mayores aguafiestas que conozco en este campo es cierto poeta portugués —soberbio y austero como pocos— que despreciaba los viajes, los cambios, la gente nueva y todas esas cosas lindas que tiene la vida. El tipo rechazaba cualquier acto, por mínimo que fuera, que lo sacara de sus frecuentes caminatas por la calle de los Doradores, en la vieja y recóndita Lisboa. Se sentía tan a gusto dentro de su órbita que ni siquiera quería leer libros diferentes a los que ya había leído. "Siento el tedio anticipado de las páginas desconocidas", escribió una tarde, oscuramente, antes de bajar a la tabaquería por la Calle de la Aduana.
¿Adónde pretendía llegar este señor? Voy a exponer al respecto una hipótesis personal. Creo que Fernando Pessoa (de él estoy hablando) decía una cosa pero deseaba otra. En realidad estaba harto de su apatía endémica y hasta la padecía. Quería cambiar, quería ser otro, pero sólo pudo lograrlo a través de su inclasificable obra literaria. A veces no puedo dejar de identificarme con sus idas y vueltas, con sus contradicciones, con esa cosa de quiero y no puedo que finalmente se convertía en no quiero, no voy, no puedo. Cómo no entenderlo. Yo, sin ir más lejos, me la paso hablando mal de las fiestas, pero cuando finalmente voy a alguna me dejo llevar por la situación y la disfruto (críticamente, eso sí, no se vaya a pensar que soy un frívolo). Predico la inmovilidad porque es profunda, sólida, verdadera y todo eso, pero casi lo único que hago es moverme de aquí para allá buscando no se qué aventura maravillosa. Pessoa mismo llegó a escribir un manifiesto contra toda relación amorosa —contra cualquier compromiso terrestre, en realidad, que lo desviara de su misión sagrada— pero cuando las papas quemaban no se podía contener. Un día que se cortó la luz en la oficina donde trabajaba con Ofelia Queiroz —la única mujer que se le conoce— casi la viola sobre el escritorio. Ella misma contó el episodio en una carta. De repente la empujó contra la pared y sin que mediara una palabra (él, justamente, que en eso era un campeón) la agarró por la cintura, la abrazó y la besó apasionadamente como si estuviera loco.
La diosa rutina
Mi abuela, una mujer independiente y vital por naturaleza, no lo habría censurado. "Los grandes son así", hubiese dicho. Cuando ella era chica viajó con su familia desde Rumania a Gualeguay, en Entre Ríos. Vivía en el campo y después de la lluvia solía jugar con el barro y hacer figuras de hombres, flores o animales. Años después y siendo todavía muy joven se casó, se mudó a Buenos Aires, tuvo hijos (mi padre entre ellos) y desde entonces cada vez que llovía sentía una inexplicable sensación de nostalgia y hastío. Hasta que un día —tenía alrededor de cincuenta años— se separó. No conozco bien los motivos de la ruptura pero sé que a partir de ahí su vida transcurrió por otros carriles. Conservo una foto de ella que fue tomada en esa época. Luce un sombrero de paja y alas anchas —con una cinta oscura alrededor— y su rostro irradia luz. Todavía hoy me trasmite fuerza, encanto, alegría de vivir.
El primer paso que dio en su nueva etapa fue hacerse comunista. Puedo imaginar el escándalo y el oprobio que eso significó para toda la familia. Y a continuación, tal vez porque se acordó de sus primeros juegos en el barro, se dedicó de lleno a la escultura. Los nombres de Carlos Marx y del escultor francés Auguste Rodin fueron incorporados rápidamente, y con letras de oro, a su álbum de figuras estelares. Al poco tiempo se ganó una beca para perfeccionarse en París y, pasados unos años, regresó a la Argentina con aires de reina. Después volvió a juntarse con mi abuelo (tal vez por aquello de lo malo conocido) y montó aquí un renombrado taller de arte.
Mi madre guarda en una caja de zapatos las encendidas cartas que mi abuela le enviaba desde Europa. Cada vez que las releo me parece verla en un estado de exaltación lírica y existencial. "Me preguntan qué pienso hacer, qué planes tengo para el futuro —escribe en una de ellas—. Les diré que no quiero hacer planes; quiero vivir a pleno este hermoso presente. Cuando pienso en cómo me sentía y veo cómo me siento ahora, todo lo que estoy aprendiendo del arte y de la vida, no lo puedo creer. Ayer empecé a golpear una piedra de mármol para hacer una figura, y me salió sangre de los dedos. Mi maestro sonrió y me dijo que siguiera adelante, que ese es el bautismo y la garantía de que ya no voy a dejar de trabajar nunca (...) Esta carta puede dar la sensación de que me ubico en un primerísimo plano. Lo que pasa es que me siento bien y quiero que lo sepan. Pues en la medida que yo esté bien podré ser útil a los demás. En la práctica se ha visto que cuando quise ser solamente para los demás y olvidarme de mi, caí en un pozo ciego del que poco a poco voy saliendo (...). Trato de aplacar mi ansiedad trabajando y estudiando. Siento que se me acaban los años y que ya no voy a tener tiempo de realizar muchas cosas que siempre quise hacer. Desgraciadamente empecé tarde. Y me doy cuenta justo ahora que estoy recién nacida". Antes de morir —los años se le acabaron demasiado pronto— mi abuela alcanzó a decirme, con voz cansada, que sólo las decisiones construyen una vida que valga ser vivida. Y que nada se alcanza sin un cierto grado de obsesión.
Hay días en que me propongo seguir esos consejos. Y hay noches en que me quedo en donde estoy. Me siento, me levanto, espero que llueva o salga el sol. Todavía no sé qué es mejor. Supongo que tampoco hay un camino que se sustente en la pura fuerza del impulso. Y mucho menos en la reiteración. La rutina es un movimiento continuo, firme, seguro. Sólo que avanza siempre en la misma dirección. Me levanto, voy al baño, tomo un te, me ducho, voy al trabajo, vuelvo, prendo la televisión, me acuesto, me levanto, voy al baño. El día de hoy es igual al de mañana. Las palabras y las cosas tienden a repetirse. De pronto ya no sé si el próximo feriado cae jueves. ¿Qué tenía que hacer hoy? No voy a cometer la torpeza de oponer el cambio a las rutinas. Entre ellas hay algunas que ya son parte de mí y a las que por nada del mundo renunciaría. Pasear al perro todas las noches, solo, por las veredas desiertas de mi barrio. La ducha de la mañana. El beso del encuentro y el de la despedida. Descansar, tomar un mate, sentir el viento matinal sobre la cara, regar las plantas del balcón. A veces siento incluso que estos hábitos amados esconden una secreta confianza, una especie de fe. Recuerdo ahora una vieja leyenda rusa que viene al caso. Un monje sube todas las mañanas a la cima de un monte para regar un árbol seco. Contra toda razón práctica, contra toda frialdad, el hombre cree que si repite ese acto día tras día, año tras año, ciega y obsesivamente, algún milagro ocurrirá en el mundo. Y un buen día, cuando sus fuerzas ya no le responden, descubre que las ramas secas del árbol muerto habían florecido.
No siempre tenemos esa suerte. Y a veces, también, el exceso de riego ahoga al olmo nuevo. Yo diría incluso que hay rutinas peligrosas. Y que a veces conviene ser precavido con la precaución. Conozco el caso de un hombre que siempre lavaba las manzanas antes de sentarse a comer. Un día, sin querer, se bebió el contenido de la jarra en donde las había lavado y enfermó de cólera. Dicen que el matrimonio —una bebida no siempre saludable— tiene muy poco que ver con el amor. El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro me dijo una vez que las relaciones que uno tiene con su mujer, por hermosa que sea, llegan con el tiempo a hacerse tan rutinarias como las que uno mantiene con el lugar en donde vive. Y así como al cabo de habitar varios años en una ciudad no vemos ya las plazas, las avenidas, los monumentos, sino cuando el azar o la obligación nos lo proponen, del mismo modo a veces descubrimos que nuestra mujer tiene tetas, lindos ojos o un lunar en la cadera.
Pero los disfraces cansan y no son más que disfraces. Por eso las parejas que están unidas por alguna cosa superior a la costumbre o la practicidad, entienden que deben cambiar la piel para seguir creciendo; de tanto en tanto se renuevan y aprenden a compartir juntos, en el mejor de los casos, la inexplicable paradoja de existir. En todas las épocas, por suerte, hubo gente que prefirió siempre comer manzanas sucias o recién arrancadas. Algunos se enfermaron y otros vivieron igual o mejor. Aún pagando caro, aún perdiendo, querría verme dentro de ese club. Y si alguien tiene la culpa de que piense de un modo tan poco conveniente, esa es mi abuela. Ella me decía, por ejemplo, que Jesús se convirtió en Jesús cuando echó de una patada a los mercaderes del templo. Era inútil que yo le recordara que el nazareno acabó horriblemente crucificado en el Gólgota y hasta olvidado, al menos en la hora más crítica, por la mayoría de sus seguidores. Y digo que era inútil porque entonces, para cambiar de tema, ella me hablaba del gran amor que unió a su admirado Rodin con la bella y esquiva Camille Claudel.
***
Quedarse, partir, unirse, cambiar, escapar, insistir. Quizás la transgresión suprema en la era de las autopistas rápidas consista en permanecer, en comprometerse al menos con el entorno más cercano, ahondar en lo que uno es hasta el extremo de la terquedad. Antes (y debo aclarar que la palabra antes ya me está cansando) yo creía en la posibilidad de una transformación total y colectiva. Creía en la revolución. Pretendía "cambiar la vida", como pedía Rimbaud. Soñaba con el hombre nuevo, con un mundo trastocado hasta en sus últimos pliegues. No es que piense ahora que todo eso ya pasó. El mundo me sigue pareciendo un lugar peligroso, inhumano, egoísta, donde cada uno pretende salvarse por la suya. Sólo que ya no sé si puedo cambiarlo a fuerza de voluntad. No tengo un discurso, no sé de teorías, no cultivo el análisis político y social. A veces pienso incluso que la historia universal sucede a no más de veinte metros de cada uno. Y que es ahí, en ese breve territorio, donde puedo intentar alguna cosa. Quiero hacerlo. Todavía siento una responsabilidad por lo que pasa y lo que deja de pasar. Una necesidad de entrega que sigue en pie como un tronco seco dispuesto a florecer.
Florecer rima con permanecer. Leí hace tiempo un relato del mexicano Juan José Arreola que ilustra el tema a la perfección. Cuenta la increíble historia de un astuto mercader que un día recorrió las calles del pueblo cambiando esposas viejas por nuevas. Las transacciones fueron rápidas. Los precios eran razonables y las mujeres ofrecidas eran unas rubias espléndidas, de carnes duras y tentadoras. Sólo un hombre —uno entre todos- prefirió seguir junto a su vieja esposa con una rara e inexplicable obstinación. Ni siquiera ella podía entender por qué su marido no la había cambiado por una nueva como todos los demás. La mujer se veía sombría, envejecida, sin fuerzas. Y sabía que las nuevas eran sencillamente deslumbrantes. Pero nunca se sabe por qué los hombres actúan de una manera o de otra. Con el tiempo los maridos que eligieron esposas nuevas se sintieron defraudados. Las mujeres compradas se llenaron de manchas y pronto se empezaron a oxidar y derrumbar como máquinas mal hechas. Los hombres, sintiéndose burlados, salieron por los caminos a buscar al estafador. Pero éste se había perdido en la noche de los tiempos. En el pueblo sólo quedó un esposo, el mismo de siempre, acompañado en silencio por su única mujer.
Me gusta esa historia. Me gusta pensar que no todo está en venta. Y creo que yo reaccionaría igual que el obstinado protagonista. Aunque nunca se sabe. A lo mejor soy diferente del que creo ser. O soy muchos a la vez. Hokusai, el fabuloso artista japonés, eligió setenta nombres para señalar sus setenta renacimientos. Y Pessoa no le fue a la saga en el desdoblamiento interminable de rostros y caminos. No tengo el talento y mucho menos la audacia necesaria para volver a empezar tantas veces. Siento, como todos, que la flor del tiempo se deshoja y que el maldito pescado sigue sin vender. Mañana o pasado (miento otra vez) voy a dar por fin el gran salto que necesitaba. Mi abuela decía que sin decisiones el destino huye entre los árboles como un ciervo herido. El destino en realidad no existe. Pero aún estamos a tiempo de tomar alguna decisión. Vivimos siempre a punto de bajar los brazos. Casi todo a nuestro alrededor nos invita a ceder, a renunciar. Pero una voz secreta nos repite, día tras día, que la vida (la mía, la tuya, la de todos) puede cambiar.


Luis Gruss

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